DOÑA PERFECTA

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Benito Pérez Galdós

Editorial: Alianza editorial (El libro de Bolsillo)   Año: 1983

«Doña Perfecta» (1876) no es sólo la novela de Benito Pérez Galdós (1843-1920) que suscitó más encendidas polémicas, sino también una obra sumamente representativa de su primera etapa creadora. Pepe Rey, joven ingeniero, llega a la ciudad episcopal de Orbajosa –en la que prevalece una moralidad opresiva, la hipocresía, la envidia social y la intransigencia religiosa que ve en todo lo que viene de fuera un enemigo que debe ser aniquilado-con la intención de casarse con Rosarito, prima suya e hija de doña Perfecta, puntal de la sociedad orbajonense. Mezclado con el enredo sentimental, el conflicto entre la mentalidad progresista y europeizante del joven y la actitud inmovilista de una sociedad apegada a creencias y formas de existencia tradicionales es la urdimbre en torno a la cual se teje la novela. El choque entre la España moderna de la ciudad y los negocios, simbolizada por el personaje de Pepe Rey y la España del atraso, la de la iglesia y el puchero, representado por ese peculiar personaje de doña Perfecta

En la época de Galdós, la España vacía se llamaba la España profunda y su atraso ya constituía motivo de preocupación para los intelectuales de la sociedad.

“-¿Sabes lo que me decía Rosario esta mañana? Indicó doña Perfecta, fija la vista en su sobrino-. Pues me decía que tú, como hombre hecho a las pompas y etiquetas de la corte y a las modas del extranjero, no podrás soportar esta sencillez un poco rústica en que vivimos y esta falta de buen tono, pues aquí todo es a la pata la llana.

-¡Qué error! –repuso Pepe, mirando a su prima-. Nadie aborrece más que yo las falsedades y comedias de lo que llaman alta sociedad. Crean ustedes que hace tiempo deseo darme, como decía no sé quién, un baño de cuerpo entero en la naturaleza; vivir lejos del bullicio, en la soledad y sosiego del campo…” 

“Orbajosa dormía. Los mustios farolillos del público alumbrado despedían en encrucijadas y callejones su postrer fulgor, como cansados ojos que no pueden vencer el sueño. A la débil luz se escurrían, envueltos en sus capas, los vagabundos, los rondadores, los jugadores. Sólo el graznar del  borracho o el canto del enamorado turbaban la callada paz de la ciudad histórica. De pronto, el Ave maría Purísima de vinoso sereno sonaba como un quejido enfermizo del durmiente poblachón”