INVIERNO

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Elvira Valgañón

Editorial: Pepitas de calabaza   Año: 2017

A las puertas del invierno de 1809, un soldado escapa de las filas del ejército napoleónico porque no fue a la guerra para matar  civiles. El desertor, moribundo, es acogido en un pequeño pueblo de la sierra hasta que…Vidas y secretos, pasiones calladas y esperanzas ciegas se cruzan durante más de un siglo y medio en las calles y los prados de ese pequeño pueblo sin otra magia que la vida; un lugar, casas, plazas, bosques, cielo, cuevas, donde el aire huele a nieve y a cristales de escarcha, donde siempre son largos los inviernos.

Niños que sueñan, ancianos que no quieren olvidar, hombres y mujeres que soportan unos días en los que todo parece invierno. Pero no todo es lo que parece, porque en esta novela, suma de historias que se mezclan como las hojas caídas sobre un sendero, Elvira Valgañón deja entrever que la belleza y piedad son los mejores recursos para hacer de la vida y de la literatura un lugar habitable. 

“Pero los olores eran los mismos que él recordaba, la nieve helada, el humo de las chimeneas, pucheros hirviendo en los fogones de las casas, el aliento cálido de las bestias que dormitaban en las cuadras.. Y lo otro también, como él lo recordaba, el reloj de la iglesia, el frontón con los números medios borrados, el san Antonio que reposaba en la repisa de una ventana del bar, el mismo, tenía que ser, al que le rezaban rosarios en casa, el santo en la cómoda y la voz de su madre, dulce y monótona, de madre, ora pro nobis, las manos enrojecidas y agrietadas de lavar, repasando las cuentas del rosario”

“Seguro de sus propias certezas, Jacinto permaneció inmune a la curiosidad que despertó en el pueblo su regreso y nunca entró en las disputas de los del bar, que si venía de aquí o de allá, que si le habían oído hablar de Buenos Aires, que si había tenido negocios en Venezuela” 

“Catorce años. Era mucho, sí. Suficiente para casarse y tener hijos. Para pasar uno de esos noviazgos larguísimos de los pueblos, para que una chica tímida y bonita bordara con letras de hilo el ajuar de sábanas blancas y toallas y camisones, para que se dejara acompañar a casa por las tardes pero no coger de la mano o por la cintura, no fueran a hablar las gentes, para bailar en las fiestas en medio de la plaza, agarrados pero tiesos como escobas, para darse algún beso a escondidas cuando ya no se aguantaba más…”